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"Desde que era un niño siempre deseé aprender artes marciales, y en especial Kung Fu. Me apasionaban las películas de Bruce Lee, con su musculatura que asemejaba una venenosa cobra. Lo buscaba imitar y le pedía a mi madre que me comprara zapatillas chinas para poder luchar como él. Además, a mis padres les gustaba ver la serie Kung Fu con David Carradine. Yo de vez en cuando los acompañaba, pero no siempre porque la lentitud de esa serie no la apreciaba por aquel entonces. Me exasperaba. De aquellos pasatiempos no nació más que eso. Muchas razones hicieron que desde niño no empezara a practicar artes marciales. Muy posiblemente la razón principal fue, como con otras tantas cosas, que yo no mostrara verdadero interés. Pero, ¿cómo iba a mostrar verdadero interés si desconfiaba tanto de mí mismo? ¿No era ello el problema fundamental? ¿Cómo mostrar interés por algo cuando no mostraba interés por mí? Esa desconfianza hacia mí mismo ha sido la guerra de mi vida, y seguramente sea la guerra más relevante que haya que dar. Desarrollar confianza hacia sí mismo es desarrollar autoestima, es desarrollar amor propio. Y desarrollar amor propio es desarrollar amor por el todo, por el universo todo, pues uno no es en absoluto un ser independiente o aislado, sino un cuerpo que se compone de cuerpos que van desde el aire que siempre tomo, desde el prójimo que me mira con indiferencia en la calle, hasta más allá del astro sol que me calienta: “¡¿Dónde estoy?, ¿acaso también en mi amada y extinta o futura Andrómeda?!”, dice el canto. Luego, definitivamente la guerra más relevante no puede ser otra. No obstante, por muchos años dicha desconfianza ha sido mi barcaza, llegando a ser los ríos, ríos de amargura. Poco a poco, muy lentamente, he ido comprendiendo aquél amor, aquella verdad que asimismo le he escuchado decir a mi Maestro: “Una misma cosa puede ser compleja o simple. El que sea lo uno o lo otro depende de ti.” No es que por cambiarme a mí, por cambiar de barcaza, los ríos de amargura se conviertan ahora en ríos de una exquisita miel. No. Sino que no puedo pretender cambiar el mundo si antes no me cambio a mí mismo, si antes como el sol no baño de miel mis propios cabellos que caen sobre el mar. La vida no es ni mero amargor ni mera dulzura, sino, como dice un antiguo códice maya, “una alegría punzante”. El que la vida sea un goce que punza, empieza por uno. Para ello no se puede comprender el día sin la noche, y así, el amor propio es apertura al misterio que uno es, pues la apertura a ese misterio es soltar las amarras que de manera violenta pretenden instituir un Yo definitivo, y por ende aislado y vanidoso. Lo definitivo es que el río corre y nunca se detiene. Lo definitivo es que lo que pertenece a un día no pertenece más que a ese día, no obstante todo pertenece al hoy. La eterna rueda de la vida corre porque corre y nosotros somos esa rueda y esa eternidad. Abrazar lo inasible, abrazar el propio misterio, es extender la mano en el cofre sin fondo que uno es para sacar de él tesoros inimaginables; encuentro un infinito distinto que se produce con cada zambullida de mi mano y que recoge un nuevo tesoro cultivado. ¿Y qué tiene que ver todo esto con mi experiencia del Centro de Artes Orientales? Algo muy sencillo de comprender: mi pasión de niño, mi actual disposición de vida que lleva unos pocos años, en fin, ese cauce que soy desemboca hoy en el CENTRO no haciendo éste más que acrecentar el propio cauce que se ofrece. Con el CENTRO, en tan corto tiempo (seis meses) y en muchos sentidos, esa integral y propia vitalidad ha florecido con mayor esplendor. Ingresé, con la confianza del Sifu, a hacer Kung Fu con una lesión de ruptura total de ligamentos externos de la rodilla derecha. Y hasta el momento la lesión no ha sido ningún impedimento. El Kung Fu, por el contrario, me ha ayudado a potenciarme desde mis condiciones. Junto a esa lesión está el hecho de que tengo 29 años. Prácticamente ya había desechado la idea de hacer Kung Fu y ni se diga de llegar a hacer un split en mi vida. Hoy, estas cuestiones han cambiado y precisamente el CENTRO me ha mostrado de nuevo que no tengo que aferrarme a una idea de mí, si antes no he intentado otra cosa que lo que la idea ha indicado y, téngase en cuenta además, que mientras se esté vivo siempre se puede intentar. Entonces, sólo hay que vivir. El Kung Fu me ha ayudado a seguir eliminando fronteras para jugar conmigo mismo, para explorar y explorarme, para crear, re-crearme y co-crear. El Kung Fu es un arte marcial que regala autoconocimiento, pero donde este autoconocimiento es una plástica que hace de sí mismo la propia obra de arte. Soy el artífice que se esculpe a sí mismo, y que esculpiéndose a sí mismo esculpe el mundo. Y por eso en el Centro somos una familia. El Kung Fu enseña a cuidar de sí mismo de una manera solidaria. En cuestión de meses el CENTRO cambió mi horizonte. Ya no busco irme a estudiar afuera del país, pues antes quisiera todavía aprender todo lo que pueda de mi Maestro. El Kung Fu para mi es toda esa pasión que aquí describo y que encuentra hoy otro hogar. Por ello no tengo más que muestras de agradecimiento para el Centro de Artes Orientales y para mi Maestro Victor On". 

...............................................................José Pablo Alvarado Barrientos

Cursos Centro 1 Centro 2 Horarios

 

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